La salida más dura (o la ausencia de Mial)

Largo. Así podría decirse que fue el camino esta vez.
Largo pero no tedioso, la impaciencia por llegar era más fuerte que el trámite de desplazarse hasta el lugar y sabíamos que, tarde o temprano, teníamos que acatar las distancias, enfatizadas posiblemente por la ausencia de Mial. Pero siempre existe un por qué.

No estábamos demasiado seguros de si el acceso sería pan comido, o si tendríamos que sufrir las inclemencias del terreno. Y aún ahora no podríamos inclinar la balanza con seguridad, así que lo dejaremos en mitad y mitad.

No es ya una sorpresa enfrentarse a caminos llenos de barro, así que con toda naturalidad nos dispusimos a llegar a destino. Pero hubo que parar a mitad de trayecto.
Sencillamente, la perspectiva general era imponente.




Ralo se lanzó a la cámara y acabamos encontrando en ese mismo punto el cementerio.





Es obligatorio decir que ya pocas lápidas, y muy rudimentarias, adornaban aquel lugar de descanso eterno, pero más obligatorio aún es contar lo anecdótico de hallar una maleta en un camposanto, y dentro, una baraja de póker llena de anotaciones, mapas dibujados a mano y pistas, extrañas pistas de algún juego que a nosotros ya no nos llevarían a ningún lugar después de haber sufrido las inclemencias del tiempo.


Kipo estuvo un rato entretenido con aquella pieza de un enigma mayor.



Y finalmente aprovechamos los cambios de luz que nos proporcionaban las nubes cuando tapaban y destapaban el Sol para inmortalizar, paradójicamente, aquellas tumbas.


No sería el último vestigio humano que nos íbamos a encontrar y éste, al menos, estaba bajo tierra. Dispusimos todo y nos fuimos acercando por aquel serpenteante camino que nos llevó a las viejas ruinas de una ermita. Nada especialmente destacable pero hemos de reconocer que nos pareció hermosa.

 

 

Imposible llegar hasta lo que otrora fuera centro urbano en coche, así pues, con el equipo a la espalda nos adentramos en aquellas calles que más que olvidadas, parecían "desrecordadas".


 

No se trataba de un lugar alejado o poco visible como para que el tránsito humano no hubiese dejado más huella. Más que callejear hacíamos trekking. El pueblo había sufrido antaño el duro golpe de un terremoto que había derrumbado varias casas, afortunadamente, sin víctimas mortales.

Ya habíamos fotografiado lo que quedaba de aquellas viviendas desangeladas y, con menos esperanza que dignidad, nos dirigimos a la iglesia, que había soportado estoicamente los temblores en el pasado.


Un templo del siglo XV que imitaba el arte mudéjar y conservaba gran parte de su belleza estructural.
Seamos sinceros, su vacío no era más que un reflejo del resto de aquella urbe. Bajo aquel suelo aún descansaba un centenario cementerio del que emergían, de vez en cuando, algunos huesos humanos como última huella local de lo que aquello había sido.


Nos consta que se especuló con que fuesen restos de los fusilados durante la guerra civil española, pero además de estar ya desmentido es una hipótesis que se cae por su propio peso.

No estábamos solos, y al cruzarnos bajo los arcos con un grupo de visitantes, una pregunta agitó el aire:
-¿Buscando al fantasma?- Nos preguntaron al ver los equipos.
-¿Qué fantasma?- Respondió Joanba con cierta desidia.
-Dicen que hay un fantasma aquí.- Volvió a replicar aquella persona.
-Más fantasmas que nosotros...
-Que sí, una mujer de blanco.
Nos quedamos con cara de estupor, al menos, durante unos segundos.

 


Pero finalmente, como es habitual, no le dimos más importancia, nos despedimos educadamente y volvimos a recorrer parte del pueblo.
Paredes erguidas y torcidas cansadas de seguir en pie, vigas desnudas cual dormidos centinelas de tejados imposibles, ventanas cuya orientación se va perdiendo en el tiempo, puertas que ya nadie  cerrará...

A lo lejos, había unas pequeñas cuevas que nos llamaban la atención y no pudimos resistirnos a aquellos pequeños nichos, empujados por la curiosidad nos adentramos y descubrimos que muchas de ellas, talladas en el propio terreno, formaban parte de las casas que les daban acceso.
Servían en su mayoría de depósitos de agua y despensas, es posible que incluso de neveras.




Desde allí, las vistas eran impresionantes y no pudimos resistirnos a retratar el pueblo, tanto desde aquellas pequeñas oquedades como a través de los ruinosos muros que guardaban el viejo camino, apenas reconocible para los pies más urbanitas.

 





Puede que sea un lugar especialmente indicado para recordar que hoy, lo que había sucedido varias décadas atrás sería etiquetado de posible rito satánico. Cabras y ovejas degolladas, eriales quemados... ¿sugestión televisiva?
No habían sido más que rencillas vecinales.
Fue lo último llamativo de aquel lugar antes de acercarnos al armazón del edificio más moderno, que habíamos avistado desde la carretera  a la altura de una curva pero el asfalto todavía nos deparaba una sorpresa.

Por algún motivo, Joanba se acercó a lo que parecía un viejo almacén, una suerte de garaje. La puerta no tenía cadenas o candados y bastó empujar para encontrarse un lugar donde alguien había malconformado su hogar como ocupándolo clandestinamente.
Un lugar lleno de suciedad, polvo y quién sabe qué. Pero no cabía nada más entre los trastos que allí había, y es que eran tantos, que resultaría inhumano hacer un inventario.
Entre tanto, Kipo y Ralo hacían fotos a una curiosa curva. Pero Kipo se acercó a la puerta y cuando Ralo preguntó si estaba abierto, la sentencia fue lapidaria:
-¡Olvídate de la curva y ven aquí!


El caos allí dentro era demencial. Libros y zapatos se mezclaban con botellas de licor y cazuelas.










Parecía que el inquilino que había estado allí acumulase cualquier cosa que caía en sus manos.
Una cocina de gas, una vieja pipa, cuadros, un crucifijo...








Entre tantos detalles, nos encontramos un maletín que ya parecía curioso a primera vista y terminó siendo, si cabe, el hallazgo del día: Un muestrario de kinesiología universitario. Si ya de por sí parece una rareza, la universidad a la que se refería lo hace más raro aún bajo nuestro punto de vista.





Dimos por terminada la sesión allí dentro, no sin antes jugar con la iluminación de unas velas que nos aseguramos de apagar bien.





Tonteamos un rato con infructuosos barridos a pie de carretera.
No parecería relevante si no fuera por la visita que un rato más tarde tuvimos.
Nos dirigimos hacia el edificio que teníamos todavía pendiente de afrontar y sonó una voz en el walkie talkie justo cuando entramos: "Acaba de parar una moto y va el tío hacia vuestra posición"
Era la voz de Izgo. Habitualmente sale de urbex con nosotros pero ella no hace fotografías y puede que ya vaya siendo hora de presentarla en el blog. Al fin y al cabo, hace otras labores en el grupo también muy importantes.
El motorista se nos acercó para saber si teníamos fotos de su paso por la curva, ya que le habíamos apuntado, pero las fotos fueron más pasatiempo que preparación y acabamos convenciéndole de la verdad. Las fotos no servían, estábamos tonteando.
Tras despedirnos cordialmente nos adentramos en aquel esquelético edificio. Una escuela que jamás llegó a estrenarse como tal según la información que manejamos.


Es curiosísimo que en lo que parecía el aula, ya que contaba con un encerado encastrado en la pared, hubiese también una chimenea. Quizás los inviernos demasiado fríos de aquel lugar habían encontrado en ella la solución.


La planta superior estaba impracticable y, aunque Joanba consiguió acceder, estaba totalmente vacía, por lo que decidimos centrarnos en el aula.

Sillones apilados parecían no pertenecer a aquella habitación, pero alguien los había dejado allí. Viejas puertas apoyadas en la pared daban testimonio de haber sido tratadas con respeto cuando fueron retiradas de su lugar y las cenizas en la chimenea seguían dando sensación de calidez a aquel rincón.








Dimos por finalizada la localización, echamos la vista atrás de nuevo, puede que para atesorar en el recuerdo aquella escuela, que a pesar de estar detenida en el tiempo, nunca había ejercido.





Quisimos asegurarnos que las perspectivas del pueblo que había en nuestras tarjetas no eran peores que la que se nos presentaba al despedirnos y nos fuimos.

Terminamos en una pizzería, matando el antojo que nos acosaba desde esa misma mañana a la hora de almorzar y recorrimos de vuelta el largo camino a casa que nos había llevado a las ruinas de un pueblo que, a juzgar por lo que nos encontramos, parecía haber guardado sus tesoros en un solo local.

Comentarios

Zoraida Quintana ha dicho que…
Es una pasada de reportaje y las fotos impresionantes solo hay una palabra espectacular ������
NafarUrbex ha dicho que…
Muchas gracias, Zoraida. Si los comentarios te animan a seguir trabajando imagínate uno como éste. Es un placer que te hayas pasado por aquí. Reiteramos el agradecimiento.