Dos misiones con un nexo en común

Después de una laboriosa tarea de sincronización, adaptación y preparación, hemos decidido afrontar esta entrada con dos localizaciones diferentes. Dos lugares con historias propias que unas veces se nos revelan y otras no. Así de sencillo. Dos misiones diferentes con un nexo en común: Nafarurbex.

Salida 1.
Misión: Pisar con cuidado.

Cualquier explorador urbano convendrá conmigo en que parece que un gen nuevo se despierta cuando uno se lanza a practicar "Urbex". Un gen que se despereza cuando una ventana descolgada, una puerta podrida o un tejado semicaído nos dan indicios de que podemos estar ante un abandono. Un gen que se altera cuando alguien cuelga el cartel de cerrado para siempre. Un gen que se renueva y se agita cuando, a lo lejos, un edificio solitario parece haber sido dejado a la suerte de las inclemencias del tiempo.

Creo recordar que era domingo, conducíamos hacia un lugar a tiro fijo. Lo habitual, bocadillos, café, chistes malos vía walkie-talkie... y de repente aquella casa...
No se hizo esperar el ruido de fondo en el altavoz del talkie casi exigiendo desviarse.

Aparcamos a unos comedidos 70 metros porque no queríamos terminar empujando uno de los coches, o los dos, a través del barro llegado el momento. Nos servimos unos cafés para recuperar la energía perdida en el viaje y nos dispusimos a entrar.


Kipo no estaba todavía con nosotros así que es fácil adivinar que esta visita fue hace ya algún tiempo. Pero el recuerdo de aquel lugar sigue presente, entre otras cosas, por las fotografías que allí tomamos.

En la entrada todo parecía clásico, un capazo de mimbre, comederos de corral apilados, boñigas de oveja por algunas esquinas, vacíos frascos de inyectables veterinarios... y en una de las habitaciones contiguas un par de pieles colgadas curtiéndose para siempre, olvidadas quizás.






Recorrimos la planta baja que parecía no ofrecernos mucho más, aparte de unos contraluces en puertas y ventanas. Mial disparó a Joanba a través de las rejas de uno de aquellos tragaluces y nos preparamos para subir por las escaleras que parecían muy, muy poco seguras.



Una vez arriba el suelo dejaba bastante que desear al paso firme, pero allí estaban las diferentes estancias guardando celosamente el poco mobiliario que quedaba.
Un sillón en una esquina nos dio el juego necesario para unas tomas que no quisimos desaprovechar.





Sentarse en él era como revivir tiempos pasados de quien otrora hubiese leído allí algún libro o hubiese repasado las noticias del diario.


En otra habitación, la cama había sido convertida en un esqueleto de madera apenas iluminada por la tenue luz que se colaba por las rendijas de la ventana, lo que nos ofrecía varias perspectivas posibles, todas ellas hermosas.





Una mesa aquí, una cocina casi adivinable allá...






El lugar era perfecto para unos disparos hacia el verde a través de las ventanas, jugamos con la luz, aprovechamos los agujeros que en las paredes habían dejado los años y salimos fuera.





Mial nos esperaba tranquilo, cosa rara en él, sonriendo ante algo que se nos había escapado al principio. No era una casa, habían sido varias, y las ruinas aledañas daban fe de ello. Más tarde supimos que aquel núcleo tenía un nombre en el mapa.
Disparamos a las ruinas que apenas nos ofrecieron bonitas vistas, y cuando nos dispusimos a marcharnos del lugar un árbol solitario llamó nuestra atención.



Había algo inquietante en él que casi perturbaba al que lo miraba. Ofrecimos los objetivos al cometido de retratarlo con el convencimiento de que sobran las palabras en esas imágenes.

Nos miramos, decidimos continuar por la carretera y dejamos atrás aquel lugar siniestro en parte, clásico, rural y hermoso en su abandono. 

A pesar de haberle puesto nombre en el mapa días más tarde para nosotros nunca dejará de ser "La casa del camino".


Salida 2.
Misión: No molestar.

Habremos pasado por delante de este lugar cientos de veces. Lo habremos visto en todas y cada una de las ocasiones pero nunca antes con el gen Urbex activado y es que, como decía, la exploración urbana es una evolución que hace destacar unos edificios por encima de otros, pero ya se pueden esforzar los ingenieros en nuevas arquitecturas, no nos sacarán fácilmente de esta burbuja de vejez y abandono.
En esta ocasión Mial no pudo acercarse para atacar esta incursión por eso se decidió llevar a cabo previo consenso común. La puerta principal estaba impedida, pudimos adivinar a través de los cristales que la habían atrancado por dentro, así que decidimos rodear la estructura casi intacta de aquella casa.


Pronto dimos con una entrada trasera, abierta, libre, perfecta...
Una vez en los bajos del edificio nos encontramos con una suerte de caos, juguetes por doquier esparcidos en un cúmulo de colores como si algún niño se hubiese enfadado con su baúl de juegos y hubiese dejado todo así.





Una pila de neumáticos, unas sillas destrozadas...




Seguimos entrando y nos encontramos con una viejas latas oxidadas y zapatos llenos de mugre.




Una sala de calderas nos recibió totalmente a oscuras y tuvimos que ingeniárnoslas para sacar de aquel rincón un poco de luz.




Una estancia más allá nos encontramos un corral.




Alguien había dejado un sillón justo en medio de una de las dependencias, como si un pírrico rey quisiera dar muestra de su poderío en una mugrosa estancia. Así que decidimos dar vida a ese patético monarca con unos portraits.








Otra estancia, aledaña a lo que parecía un garaje, nos ofreció su verdadero cometido, la cura de embutidos y similares, a juzgar por los cordeles que del techo colgaban, aún llenos de grasa, algunos.




Y el garaje nos ofreció su amplia luz pero también su vacío, su enorme vacío.





Era hora de subir las escaleras, esperar la sorpresa y prepararse para emocionarse, si se diera el caso. Y vaya si se dio. En medio de aquel enorme pasillo, descansaba el tresillo que había hecho juego decorativo con el sillón que habíamos visto minutos antes.





Accedimos a la cocina, que todavía albergaba la mesa, alguna botella...





Miramos detenidamente todas aquellas puertas y nos preparamos a cruzar todas y cada una de ellas. Un par de habitaciones, camas, armarios, mesillas... mobiliario no demasiado antiguo que no quisimos dejar sin retratar.








Un baño largo y estrecho cuya taza estaba al fondo como si un mal chiste hubiese inspirado aquel rincón que, por otro lado, parecía tétrico además de que al lado, tras la puerta que daba acceso a un sobrado que preferimos no abordar por las inseguras escaleras, había una mascarilla sanitaria colgada. ¿Quién demonios necesitaba asistencia o la había necesitado recientemente si la mascarilla no estaba siquiera sucia? ¿Había habido exploradores hace poco allí?



Al final del pasillo una puerta cerrada nos impedía acceder a la última habitación y Kipo sacudió el manubrio por si se desatascaba. No hizo falta empujar, una voz desde dentro nos inquirió:
-¿Quién es? Ya voy.
-Nada tranquilo, no queríamos molestar, pensamos que estaba vacío.
Un okupa salió a nuestro encuentro confesando creer que éramos "la sombra verde" pero se vio aliviado al descubrir que no éramos policías. Se calmó los nervios y peloteó un poco con nosotros dándose aires de defensor del arte, seguramente, para quitar hierro a los nervios que le habíamos adivinado; para aliviar la vergüenza del temblor de su voz.
Tuvimos una corta charla con él, que nos reveló que el dueño de esa casa la sigue visitando a sabiendas de su ocupación pero hace la vista gorda. Nos explicó que por allí pasan muchos okupas itinerantes a lo largo del año, que tenía la habitación más cálida de la casa y que volviésemos cuando quisiéramos, que no le molestaba. 
Suponemos que un poco de conversación cuando se vive en soledad es como un soplo de aire fresco en medio del infierno.

Hicimos las últimas fotos cuando apenas quedaba luz y nos despedimos de aquel inquilino con cierta sensación de haber roto su intimidad a pesar de que él lo negaba cada tres frases.




Al fin y al cabo procuramos no hacer ruido, no robar, no romper, no pintar...
Todo se resume a una sola premisa:
No molestar.

Comentarios

Alexis Bergolla ha dicho que…
Excelente trabajo, increible poesía de imágenes y palabras.
Zoraida Quintana ha dicho que…
Un magnífico trabajo, como siempre fotos espectaculares y el escrito muy interesante���� enhorabuena chicos sois unos cracks
NafarUrbex ha dicho que…
Muchas gracias por pasarte y comentar, Alexis. Es un placer tenerte por aquí.
NafarUrbex ha dicho que…
Muchas gracias, Zoraida. Lo cierto es que comentarios así nos animan a seguir adelante con estas aventuras. Un abrazo.