Había ido para volver pero vino para quedarse

Posiblemente sea demasiado reflexionar, pero si por algo se caracteriza el ser humano es por abrir nuevas vías de exploración, por llegar a cualquier rincón del planeta, por tender puentes que ayuden a la comunicación. Y sin embargo, el puente que nos condujo a la localización que trataremos se pudre, parece rogar una restauración, quizás, para que el lugar no caiga en el olvido.


Es un puente colgante a baja altura que da acceso a una senda ascendente llena de maleza. Situación que arrecia o mitiga en función de la época del año, pero afrontamos el pequeño desafío y nos encontramos, casi por sorpresa, ante una majestuosa estructura que todavía se yergue para recibir al visitante más avezado.


Es lo que queda de una casa, de un pueblo, de una comunidad...
A unos metros, semioculta en la maleza, estaba la iglesia, objetivo principal de la visita, pero no podíamos dejar de entrar en aquel edificio, antaño habitado y vivo. La planta baja eran corrales. Y no nos sorprendió teniendo en cuenta de cuando databa el pueblo y lo habitual de aquella disposición interna en las casas de la época. Un vistazo a la luz exterior para comprobar si necesitaríamos iluminación artificial y comenzamos a disparar. Los corrales, sucios por la gran cantidad de lluvia y barro que los habían inundado, no ofrecían apenas rastro de antaño. Si acaso alguna viga caída o alguna jaula mal avenida que alguien había dejado allí en la última mudanza.


Afrontamos las escaleras y llegamos a la cocina. Fácil de reconocer por el formato de la misma y porque todavía quedaban allí los últimos indicios, unas cazuelas, una parrilla, unas latas de conserva.. Una pequeña colección que acumulaba mugre y óxido sobre el recuerdo pasado de haber servido alimento al propietario de aquellas estancias. Quizás su aspecto hoy en día era resultado de la autoflagelación, adivinando no poder servir a los visitantes actuales.






En el salón, un vacío sepulcral roto apenas por el golpeo de las ventanas sin cristales parecía reclamar toda la solemnidad de la que hubiese gozado de seguir activo, y un graffiti ocupando por completo una de las paredes fingía concedérselo. Pero ya nadie cruzaba aquel cuarto que, seguramente antaño nos hubiese recibido con un amistoso y sabroso café.




Sólo Joanba subió a la última planta, descubriendo que nada quedaba, sino el esqueleto agrietado de madera y argamasa que apenas resistía el peso de nuestros pasos.




Decidimos salir de allí antes de que, por alguna suerte de maldición, nos quedásemos sin luz natural demasiado pronto afrontando el reto de fotografiar la iglesia, como decía, a cobijo de la maleza casi por completo.




Cada paso que dábamos en aquel lugar debería ser definido como "abrirse camino" y a punto estuvimos de exclamar ante aquella puerta "Livingstone, supongo".


Kipo, había ido anteriormente a ese lugar, antes de que fuese devorado por la maleza. Sí, había ido para volver. Y una fotografía era testigo de aquella visita.


Recuperamos un poco de aire, nos despojamos de las espinas de zarza, empujamos la centenaria madera y nos encaramamos a la oscuridad de aquel templo que nos ofrecería una tarde como pocas a juzgar por la macabra estampa allí reflejada. El agua bendita que debiese recibirnos en la pila de entrada había sido sustituida por huesos humanos extraídos, supuestamente, del subsuelo de aquella iglesia. Fémures en estado de conservación más que aceptable salpicaban algunas zonas de la nave central.





El altar estaba destrozado y el crucifijo que debía culminar el religioso protocolo en el interior de aquel ábside estaba hecho añicos en el suelo. Quedaba, eso sí, el confesionario. Puede que alguien no se atreviese a marchar de aquel lugar sin haber confesado el destrozo, la profanación o el expolio y necesitase dejar aquel cubículo entero para estar en paz consigo mismo.




La pila bautismal, venida a menos y desangelada, reposaba en el suelo y al coro le faltaba el piso de madera pero no las inscripciones en el arco que sostenía la balaustrada a modo de viga principal. La subida al campanario era impracticable y Joanba confesó haber estado allí ante la luz celestial de un confeso flash de mano.





Dejamos atrás las añejas paredes y nos dispusimos a cruzar de nuevo aquel viejo puente colgante antes de que el ser humano, lo olvidase para siempre.


No sería, ni de lejos, el hallazgo más completo y tétrico en las muchas iglesias a las que hemos tenido el placer de acceder. Y en esta ocasión no iríamos solos.

Hace ya algún tiempo que queríamos presentar oficialmente a Enur, un nuevo miembro de NafarUrbex que nos aporta una visión muy diferente de esta disciplina y aporta al grupo un sello diferenciador que hace evolucionar a todos en conjunto.

Por eso elegimos esta entrada en el blog para presentarle al tiempo que celebramos ser ya 500 followers en Instagram.

Había muchas ganas de salir juntos a realizar una exploración en conjunto con Enur y no pudo ser mejor localización.

Alcanzamos a ver el campanario, abrigado por la maleza advertía como nos acercábamos, saltamos las alambradas pertinentes de por si vencidas ya y nos presentamos en la puerta de aquella iglesia con la expectativa de fotografiar un abandono especial. Intuición lo llaman.
Podría decirse que el espectáculo era dantesco, pero sería exagerar, pues solo había desorden. Estaba, eso sí, cayéndose a pedazos, agujeros en el techo y tejas en el suelo no daban mucho tiempo a aquellas paredes. Aprovechamos las primeras impresiones para fotografiar el entorno en general, que nos parecía un hermoso ejemplo del paso del tiempo y nos dimos un paseo por los escasos metros cuadrados.





El confesionario estaba muy entero, y dos fosas laterales estaban abiertas y llenas de escombros, así que aprovechamos la escena para hacer una sesión de portraits bajo máscara bastante completa. Estábamos despertando la vena artística, y la íbamos a necesitar.







Dedicamos un rato a detallar el confesionario, esta vez vacío, los trozos de retablo que yacían en el suelo, el púlpito, el atril...






Lo poco que quedaba en pie era susceptible de servir como objeto de fotografía en un lugar tan reducido, e incluso la inclinación de la puerta nos daba juego, pero no fue eso lo que hizo esta salida tan especial.



Solo hubo que mirar bien para encontrar, entre los huesos de aquella mininecrópolis bajo pies, tres cráneos humanos en un estado increíble. Una rareza que no es tan habitual a pesar de la cantidad de restos que nos hemos encontrado otras veces.





Y volvimos a hacer una sesión de portrait, esta vez póstumo porque allí, en aquella iglesia, alguien nos estaba esperando para que les hiciésemos sus últimas fotos, o las primeras dependiendo de la edad de aquellos huesos.








Enur nos acompañaba en su primera exploración con nosotros y algo nos decía que, desde aquel instante, como compañero de NafarUrbex. En su mirada podíamos adivinar esa sensación embriagadora que los demás también conocemos cuando hacemos una incursión así. Decidimos irnos de aquel lugar convencidos de algo.





Vino para quedarse.

Comentarios

Zoraida Quintana ha dicho que…
Están geniales las fotos inclusive las de vena artística, os veo haciendo cosplay �� enserio me encanta y siempre me dejáis alucinada, enhorabuena a los 4
NafarUrbex ha dicho que…
Gracias Zoraida, pero permítenos corregir un pequeño matiz. Cinco!!! Cinco somos los que disparamos. Aunque contamos con ayuda de otros miembros entendemos que te refieres al hecho de fotografiar puramente ;)

Gracias de nuevo por esos pedazo comentarios que nos ayudan a crecer día a día.

Un abrazo